ATENCIÓN ESTA MUESTRA PERTENECE AL CAPITULO 8 DEL LIBRO.

Los cinco poderes
fue bastante tranquilo, un silencio sepulcral se adueñaba del vehículo. Ni Yonath y Aleàn abrieron la boca en un tiempo, el hombre había sido siempre una persona seria y reservada. En cuanto a la muchacha, estaba muy ocupada pasando las páginas del Sacro Escribo, buscando alguna imagen, algo que no le costó encontrar. Estaban todas juntas, justo más o menos a la mitad del libro. En realidad eran unas diez fotografías de frescos encontrados en templos y castillos de la época Eruniana. En uno se podía verz una resplandeciente luz iluminando a un hombre con túnicas; en otra de las estampas, se contemplaba a dos caballeros con el emblema del “ojo pentagonal” atacando a un dragón rojo con afiladas espadas de gran longitud.

En otra se veía una silueta oscura similar a un lobo más grande de lo habitual, que Aleàn interpretó como el “mal” incendiando templos y castillos. La chica se quedó mirando mucho tiempo aquella estampa.—No existe el bien y el mal —dijo Yonath desviando la vista un instante de la carretera y rompiendo el silencio.—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó la chica.
—Es muy sencillo, no hay buenos ni malos, solo gente que defiende lo que le interesa. Alguno para nosotros puede ser malo, pero para él nosotros somos el enemigo.
—Un método de pensar muy rebuscado, ¿no crees?
—Tienes razón —contestó el hombre muy desanimado.
Durante los siguientes dos minutos el silencio reinaba en aquel coche deportivo de alta gama. Aleàn cerró el Escribo, y rompió el silencio.
—Te quería preguntar algo: ¿Cuándo el sacerdote estaba discutiendo conmigo y negándonos todo tipo de información, le recordaste algo del…Pentagrama?
—El tratado del pentagrama —respondió el hombre—. Eres muy joven para conocerlo.
—Oye, tengo veintiséis años, hace cinco que soy mayor de edad —replicó la chica como si tuviera ansiedad.
—No es por eso, simplemente no lo conoces, porque este pacto se firmó hace cincuenta años.
—Ah pensé que no me lo querías contar —añadió aliviada la muchacha.
—Te lo voy a contar, aunque sinceramente pensé que lo sabías —añadió el hombre.
—A lo largo de la historia ha habido cinco organizaciones que controlan el mundo, lo que se llama los cinco poderes o el pentagrama. El poder gubernamental, el militar, el judicial, el monetario y…
—El poder religioso —completó Aleàn interrumpiendo al hombre.
—Exacto —afirmó Yonath.
—Durante años han dictado las normas del mundo, su comportamiento, en ocasiones colaboraban, en otras discrepaban. Con el mundo moderno, los enfrentamientos entre ambos poderes se han llevado a extremos, que lo único que han conseguido es perjudicar a la población. Por eso se vieron obligados a realizar un tratado. Ninguno de los cinco del pentagrama puede involucrarse entre ellos. Por eso, cuando el sacerdote oyó lo del tratado, decidió colaborar.
—Es curioso, no lo había pensado, aunque tiene mucho sentido —reflexionó la muchacha.
—Desde entonces, “los cinco poderes”, por así llamarlos, intentan no mezclarse, aunque siempre hay algún conflicto de intereses.
—Y que lo digas, ahora mismo me vienen a la cabeza los “cuñados” de algunos políticos.
—El caso es que creo que si los cinco poderes se mezclan más de la cuenta las circunstancias pueden ser catastróficas —añadió el hombre mientras paraba en un semáforo.
—¿Cómo de caóticas? —preguntó la chica sin recibir una respuesta. —¿Yonath?, ¿me escuchas?
—Eh, sí ¿dices algo Aleàn? —preguntó el hombre con tono desorientado. —Malditos semáforos, los odio.
—¡A ti te pasa algo! —afirmó la chica.
—No, ¿qué me iba a pasar a mí? —preguntó el hombre con ironía.
—Hombre, por lo general eres una persona muy seria, es difícil hacerte reír, pero de ahí a que estés disperso. Siempre has tenido los pies en la tierra, y eso que es difícil teniendo en cuenta a lo que nos enfrentamos.
—¡Hombre es normal, que esté preocupado! —exclamó el hombre casi gritando y banalizando la conversación, tú no lo estarías si supieras que dentro de poco puede que nos enfrentemos a una guerra, y no una cualquiera.
—Sí, pero a ti te preocupa algo más —añadió Aleàn, con casi total seguridad—. A ver, estas muy raro, te levantas a las diez de la mañana, cuando te sueles levantar a las seis, permaneces disperso a ratos y en los ojos te noto apagado también; sinceramente algo pasa.
—Está bien, me rindo —dijo el hombre mientras suspiraba con fuerza y retomaba el camino—. Prométemelo, que pase lo que pase no se lo contarás a nadie, ni siquiera a Hörmis y Tharak. Y mucho menos en el reality de investigación en que estás.
—Te lo prometo —dijo la chica, dudando un par de segundos.
—Por favor —replicó el hombre— ¿conoces a Merdël?
—Pues…, no en persona, pero sí sé que es una mujer de negocios, y que es la segunda al mando de IT Ryu, por detrás de ti.
—Merdël, está llevando una campaña para desprestigiarme ante la junta de accionista de la empresa, ha encontrado su mejor baza en el apoyo a los dragones y al gobierno, se basa también en el pacto del pentagrama.
—Pero, tú eres el propietario, no pueden echarte —dijo la muchacha quitándole un poco de peso al asunto.
—Pueden, y lo harán —dijo dándole todavía más preocupación al tema—. Esa mujer, es cofundadora de la empresa, de hecho empezamos con un pequeño negocio al acabar la universidad. Por aquel entonces éramos novios, pero algunas diferencias en nuestras filosofías nos distanciaron y nos “obligaron” a dejarlo.
—¿Cómo se puede obligar a dejar una relación? —preguntó Aleàn.
—Salió el tema de los dragones, no podía mentir a una persona con la que me acostaba, o con la que salía.
—Ella no entendía como podía sentirme después de haber perdido a mi mejor amigo, ni todo lo que había visto aquel verano del 2066, lo poco que quedaba del alma de Tarmarg, me quemaba la piel. —dijo mientras se tocaba el hombro.
—¿Y entonces? —cuestionó Aleàn.
—Ella en parte odiaba a los dragones y tampoco creía mucho en ellos, ella pensó que era un cuento, que esas “bestias”, como se refería a ellos, sólo eran buenas en los cuentos para niños y que ni siquiera habían existido, todo fue un numero montado por grupos terroristas de las regiones vecinas del norte —dijo mientras se volvía a parar para ceder el paso a una anciana peatona.
—Pero lo que más preocupa de todo esto es que ella era muy amiga de Asurah, en la universidad —dijo el hombre reanudando la marcha de nuevo—. Me apuesto a que esa demonio va a intentar ponerse en contacto con Merdël, no me extrañaría que ya lo hubiera hecho —dijo el hombre con preocupación y a la vez aminorando la velocidad.
—Si no conseguimos acabar con ella por completo, en treinta años, no creo que durante todo este tiempo haya estado de brazos cruzados, no es el estilo de esa mujer.
—Si no conseguisteis abatirla, supongo que no pudisteis acabar con Algonos —reflexionó Aleàn.
—No le derrotamos, pero él amenazó con volver —dijo el hombre deteniendo por completo el vehículo. —Aunque si me permites, oí en algún lado que nuestra falta de fe y afán por perseguir el poder, matarnos, le hace fuerte.
—Con esto que me acabas de contar de camino a casa, me estás dando a entender que ha sido el pacto del Pentagrama el que alimenta los poderes del demonio.
—Puede ser, aunque no de una manera consciente —dijo el hombre poniendo los cuatro intermitentes del coche para señalar que estaba parado.
—Yonath, gracias por todo —dijo la chica quitándose el cinturón de seguridad—. He aprendido mucho hoy, creo que ha merecido la pena.
—Me alegro.
—Adiós, hasta otra —dijo la chica abandonando el vehículo.
El coche, inusual en aquel barrio, reanudó su marcha y se perdió a lo largo de la calle, que bajaba en cuesta.
Aleàn buscó en su bolso las llaves, y sin pensárselo dos veces entró en el portal de la casa. Un portal pequeñito, con algunos buzones, uno por cada casa, unas escaleras permitían la subida a las plantas superiores, y un ascensor usado por gente que vivía en los pisos altos, especialmente ancianos.
Mientras Aleán esperaba el ascensor, ya que vivía en la quinta planta junto con Hörmis, con el cual tenía una relación desde hacía unos meses, y con Selenô, un estudiante procedente de Hirú, un pueblo situado a unos pocos kilómetros de Helgurb. Empezaba a leer el Escribo, que empezaba contando los inicios de la tierra y la creación por parte del ser supremo y de lo que en el libro se conocen como Seriphos, se describían como ángeles que controlaban los cuatro elementos vitales.
El elevador llegaba a la planta baja y Aleàn se subió. Marcó un botón en que había dibujado el número cinco y el ascensor cerró las puertas. Tras algo menos de un minuto, que se notaba que este subía hasta el quinto, abrió de nuevo las portones, allí podía contemplar una sala rectangular con cuatro puertas, etiquetadas de la A a la D, se acercó a la C y abrió la puerta.
Ya estaba en su casa, había tenido una mañana tranquila, comparada con su frenético tren de vida, pero en cambio estaba cansada. La discusión con el sacerdote eonista la había dejado muy agotada. Se descalzó y se sentó en el sillón de golpe, sin llegar a soltar el libro que tenía que leerse y con el que tenía la corazonada de que iba a encontrar algo.
Encendió una de esas lámparas de pie de color negro, con algunos detalles cromados que solían vender en una conocida cadena de muebles del país. Y abrió el libro. Empezaba hablando de la vida del ser supremo, de cómo lo creó todo y como los Dralën imponían su voluntad, en el cielo, en la tierra y en mar.
A Aleàn le parecía un rollo el principio del libro, pero no se atrevía a saltarse ninguna página, pues podía perderse un detalle interesante.
Al cabo de una hora, se levantó de la butaca para ir a la cocina donde se preparó un té kireano, con pimentón picante y un filete a la plancha, con una vinagreta de orégano, limón y aceite para comer. Se sentó en una mesa que había en la cocina e intercalaba sorbos de aquella peculiar infusión salada. Tardó como unos quince minutos en comer y otros diez en recoger los cubiertos e introducirlos en el lavavajillas que había debajo de la encimera, después volvió a la lectura.
Se tumbó en sillón boca arriba sosteniendo el libro con las dos manos, tras una hora, en la que casi se duerme en varias ocasiones, por fin terminó el primer capítulo. Los capítulos siguientes hablaban de personas normales y corrientes que habían tenido contactos con seres celestiales, en los cuales había escondidos varias moralejas subliminales, que Aleàn pudo interpretar con facilidad. Generalmente eran pruebas de fe que el ser supremo realizaba a la gente. También había muchas profecías, aunque ninguna que relacionara a los dragones, o criaturas misteriosas.
No tardó mucho en sonar un chasquido procedente de la puerta, acompañado del ruido de abrir y cerrar, eran como las cinco de la tarde, y una voz se hacía fuerte según se acercaba al salón.
—Buenas tardes, hay alguien en casa —dijo una voz masculina de joven edad.
—Estoy yo —contestó Aleàn casi gritando.
—Muy buenas cariño —dijo el chico mientras se dejaba ver por el salón—. ¿Qué tal hoy? —preguntó Hörmis.
—Bueno, pues he ido a casa de Yonath —dijo mientras cerraba el libro con el dedo en la página donde se había quedado—. Tiene unos libros sobre leyendas y profecías, increíbles; eso sin contar los bestiarios —añadió mientras buscaba desesperadamente, un papel para señalar su posición en el libro y soltar el dedo—. ¿Y tú qué tal? —preguntó la chica levantándose para seguir buscando un marca páginas.
—Bueno, pues un rollo —dijo el chico suspirando mientras se tiraba de golpe en el sofá—. Es un tema delicado, lo de la sangre de dragón, dosificarla y guardarla para que no caiga en malas manos, ni contrabandistas. Además los empleados se ponen todos a jugar al juego de las.
—Es que es un juego muy adictivo —añadió la chica con una sonrisa en la boca.
—Sí, pero en el trabajo no se juega, en el trabajo se produce.
—No creo que sean más vagos, que aquel guarda de seguridad, de Witch’n’go, ese que no hacía otra cosa que comer hamburguesas y leer el periódico.
—No. La verdad es que trabajan bastante bien —comentó Hörmis.
—Entonces de qué te quejas, mi amor —interrumpió la chica— si trabajan. —Puso una factura del telefono en el libro, como separador de páginas.
—De que es un tema muy serio lo que llevamos —dijo el chico—. No me extrañaría que Asurah esté planeando un golpe.
—Asurah, todos estáis con esta mujer tan cutre, esa no me llega a mí ni a las rodillas —dijo mientras volvía a sentarse con su novio.
—Nunca subestimes a un demonio —dijo el muchacho.
—Bueno hay que reconocer que un ser infernal siempre impone —dijo la chica—. Aunque si te diste cuenta yo fui capaz de asesinar a unos cuantos de estos sin despeinarme.
—Sí, eso es verdad —dijo Hörmis—. Pero eso no me quita la preocupación. ¿Y tú que estabas haciendo?
—Bueno, pues estaba leyendo este libro —dijo la chica mientras le enseñaba la portada a Hörmis.
—Desde cuándo te dedicas a la religión, aparte de ponerla verde —dijo extrañado el chico—. No es tu estilo.
—No, claro que no, pero creo que aquí puedo encontrar cosas interesantes—dijo Aleàn—. Lo he comprado en el sacro templo de Drakest.
—¿En Drakest? ¿Has ido con Yonath? —preguntó el joven.
—Sí. Aunque este libro me está aburriendo un poco, debe pasar como todos, lo mejor está al final.
—Sí, eso mismo digo yo.
—Me recuerdas a mí hace unos meses cuando trabajaba para don Flamingo.
—Bueno a todo esto, te quería preguntar… —dijo el chico mientras se levantaba con esfuerzo—. ¿te apetecería ir a tomar algo? Hoy he tenido un día difícil y me apetece tomar algo.
—Tengo mucho que leer —dijo la adolescente—. ¿Sabes qué?… Me apunto. ¿Dónde tenías pensado ir?
—Bueno creo que esa cafetería que hay cerca de la plaza de Upsélè tiene unos batidos y zumos naturales estupendos.
—No me vendrá mal despejar la cabeza —dijo la chica, mientras se volvía a levantar y dejaba el libro encima de la mesa del salón.
—Créeme, lo vamos a necesitar.
—Déjame que me vaya a vestir —dijo, mientras volvía a coger el libro—. Mejor guardar esto, nunca se sabe con Selenô.
—Debimos de echarlo hace tiempo —comentó Hörmis.
—No tiene dónde ir, además no nos molesta para lo nuestro —respondió la joven—. Si siempre está de juerga, además creo que ahora se ha echado una novia. No me gustaría estar en su pellejo.
—Seguro que es igual que él —añadió el muchacho.
—Eso ni lo dudes —dijo mientras daba un segundo beso de pico a Hörmis. Después, la chica caminó hasta una puerta que conducía al pasillo.
El joven que se había quedado en el salón daba vueltas de un lado a otro de la habitación esperando a que Aleàn terminara de vestirse, algo que tardó más o menos unos quince minutos en suceder. La muchacha volvía a la estancia con una ropa diferente. Se había puesto unos vaqueros una blusa blanca con algunas tonalidades azul turquesa, unas sandalias blancas, un bolso de esparto completaban su vestimenta.
—Estás muy guapa, bueno como siempre.
—Gracias por el cumplido, si quieres, yo ya estoy lista. Los dos se acercaron a recibidor y Hörmis abrió la puerta.
—Pasa tú primero —dijo caballerosamente.
Después de accionar la luz de la escalera, apagaron la del recibidor de la casa y cerraron la puerta, acto seguido Aleàn llamó al ascensor que no tardó mucho en llegar. Justo antes de entrar, los dos chicos se miraron con ojos de complicidad. Tras bajar a la planta baja abrieron la puerta de la calle, por fin se respiraba aire de ciudad. No es que este fuera muy agradable que digamos, pero por lo menos las aceras amplias de la zona permitían andar con tranquilidad, a pesar de ser un barrio situado al oeste de Helgurb y disponer de varias zonas comerciales. No había ningún problema para transitar por las calles, no solían estar saturadas, salvo casos puntuales. La plaza de Upsélè estaba situada a unos diez minutos andando, desde la casa de los chicos. Vivían entre las paradas de metro de Riscel y la propia Upsélè.
Durante el paseo, tanto Aleàn como Hörmis iban agarrados del brazo, como buena pareja que son. La chica no podía evitar la manía de pararse de vez en cuando delante de algunos escaparates de ropa joven.
—Vamos —llamó la atención al muchacho.
—Es algo irremediable en las mujeres, tú no lo entiendes —confesó la chica. Todo era muy tranquilo en sus vidas en esos instantes. Por un momento se habían olvidado de la posible guerra entre humanos y dragones, de los secuestros y de los atentados que acontecían en las regiones del este. Ese momento era suyo y nadie podía estropearlo. Siguieron caminando, callejeando, a Hörmis le dolían los pies, llevaba todavía los zapatos y el traje de ejecutivo gris grafito que había llevado puesto al trabajo. Algo que le causaba incomodidad. Estaba con una chica vestida de manera más o menos informal y el allí bien vestido. Algunas personas los miraban por ese motivo.
—Tenía que haberme cambiado —susurró el chico con los dientes apretados.
—¿Qué? —preguntó la joven.
—Nada, nada—dijo el muchacho.
—Estás muy serio —añadió Aleàn.
—Supongo que como siempre.
—Bueno es que no se me va de la cabeza lo que tenemos entre manos, pensé que si salíamos un rato los problemas se desvanecerían un poco.
—Pues a mí se me han desvanecido, al menos por un rato —comentó la chica—. Si nos torturamos por las circunstancias de la vida, estaríamos siempre muertos, ¿no crees?
—Supongo que tienes razón —afirmó el chico sin prestar mucha atención a lo que decía.
Tras unos minutos caminando los chicos llegaron a una pequeña plaza cuadrada pavimentada con adoquines, con una fuente en el centro y alrededor llena de mesas de los bares y cafeterías cercanas. Los chicos se acercaron a una de esas mesas y se sentaron, a la vista de una camarera.
—¿Quieren una carta? —les dijo.
—No. Creo que ya sabemos lo que voy a tomar, ¿y tú Hörmis?
—Yo también. Creo que yo voy a tomar un batido de fresa y coco.
—Y yo creo que tomaré un zumo de pitaya roja.
—Muy bien, muchas gracias.
—Estás obsesionándote con tu trabajo —dijo Aleàn.
—¿Por qué lo dices? ¿O me vas a decir que el zumo no es por el nombre coloquial de la fruta?
—Vale me has pillado, últimamente le he cogido cariño a Catharmad, y por eso pido un zumo de la fruta del dragón —confesó el chico—. Tengo ganas de visitarlo.
—A ver si nos podemos escapar un día, aunque tal y como están las cosas no creo que sea lo adecuado —añadió la muchacha.
—Tengo ganas de que todo esto se arregle lo antes posible —comentó el chico.
—No creo que esto se solucione de una manera tan sencilla.
—”Esto acaba de comenzar” —dijo mientras se recogía el pelo de una manera determinada para que su peinado se pareciera al de Asurah mientras imitaba su voz.
—La imitas bien —rió el chico—. Así que hoy has estado en casa de Yonath.
—Así es —contestó la chica—. Tenía mucha curiosidad por conocer su biblioteca de leyendas y profecías. Y además así visitaba su casa, una vivienda muy grande, por cierto, aunque no visité nada más que un par de estancias.
—Más o menos como yo —dijo el chico—. Eran tan urgentes los acontecimientos aquella vez que no me extrañaba.
—El caso es que quedé el día anterior con él a las diez de la mañana y me le encontré semidesnudo saliendo de la ducha.
—Me estás tomando el pelo —dijo Hörmis—. Yonath se levanta a las siete de la mañana.
—Pues esta vez no —dijo la chica—. A mí también me extrañó muchísimo. Luego le noté muy disperso.
—Supongo que es por lo de los atentados —pensó Hörmis en voz alta.
—Puede ser.
La conversación se paró de pronto, durante unos minutos mientras buscaban temas para hablar. En ese transcurso de tiempo, la camarera vino con el batido, el zumo de fruta del dragón y un par de pastas.
—Luego fuimos al sacro templo de Drakest y allí aprendí lo que era el tratado del pentagrama, y casi salgo discutiendo con el sacerdote.
—Tú siempre tan antisistema —comentó el chico.
—Soy periodista, es mi trabajo —dijo la chica mientras pegaba un gran sorbo al batido y ponía cara de felicidad al probar la armonía del coco y la fresa.
—El hombre se nos resistió por ser amigos de quien somos, ya sabes de los “grandullones”, aunque luego, con unas palabras de Yonath, se dio cuenta de que era mejor no echarle fuego a la barbacoa. que ya tenía bastante con el carbón y el sebo.
—Que astuto —alabó el chico.
—Así que comentó algo del preludio del fin —dijo la chica— y de cómo va llegar el fin del mundo, dice que viene en el Santo Escribo, pero hasta ahora lo que he encontrado es el origen de la vida y varias pruebas de fe.
—Se supone que si es el preludio del fin, tiene que estar al final.
—Supongo que sí —afirmó la chica.
—Pero el libro me aburre un poco, además está escrito en unos versos asonantes muy raros, de los cuales pocos tienen sentido.
—Por lo general, los libros proféticos y religiosos son difíciles de leer y mucho más de interpretar —dijo el chico. Después disfrutó bebiendo un poco de zumo de aquella fruta de sabor similar al kiwi y volvió a hablar—: Esto ha ocasionado guerras entre distintas religiones a lo largo de la historia.
—Sí, así es—dijo la chica.
—En un principio fui para ver si podía descartar que los Eonistas fueran los causantes de todo esto, hoy en día con un poco de pintura de silicona y un par de cuernos de plástico que se venden en cualquier tienda de disfraces y souvenires. Uno puede transformar a un caballo en un dragón sin alas pero un dragón al fin al cabo difícil de detectar por la noche a la hora en la que ocurrieron los sucesos de ayer.
—Espero que no se vuelvan a repetir—comentó Hörmis mientras bebía un poco de su zumo.
Después echó una mirada alrededor de la plaza. Estaba bastante tranquila, solo le llamó la atención un joven que tenía una camiseta con un dragón ensangrentado, metido en una circunferencia roja, cruzada por una línea diagonal, justo encima a la altura del pecho ponía: “No a los dragones, ejecutores del gobierno”
—No me gusta, que piensen eso—dijo Hörmis mientras miraba de reojo y con cara de asco al chico.
—Hay cosas que no podemos cambiar, queda muy presente el suceso de hace treinta años —dijo la chica—. No sé cuánto aguantará esto, pero creo que dentro de no mucho nos enfrentaremos a una guerra, y, por desgracia, nosotros deberemos jugar un papel muy importante —añadió.
—Todo esto es por mi culpa —dijo agarrando el vaso que contenía el zumo de pitaya.
—No, no es culpa tuya, Flamingo hubiera seguido con el experimento. No tiene que ver nada contigo.
—Suena muy aliviante, pero a mí se me ocurrió lo de llamar a Yonath, haciéndome pasar por un cliente, algo que desencadenó que Asurah acudiera a Witch’n'go —dijo el chico.
—Tú solo hacías tu trabajo —contestó la chica—. ¡Anda que no he tenido que hacer cosas por motivos laborales!
—¿Como qué? —preguntó Hörmis.
—Pues sin ir más lejos echar a la basura la dignidad de algunas personas, haciendo que hablen delante de una cámara oculta en un botón de mi blusa. Colarme en eventos privados.
—Como la reunión del tratado de Halëndare —dijo Hörmis.
—Si no me hubiera colado, puede que hubieran matado a todos los políticos. Los UPEX no están acostumbrados a lidiar con dragones por muy uróboros que sean —dijo mientras agarraba el batido para terminárselo—. La vida nos da un destino y tenemos que hacerlo lo mejor posible. Dime que no era tu destino conocer a Catharmad. Has ganado unos amigos muy importantes, un duque, un empresario de éxito, un dios…
—Tienes razón, aunque tengo miedo —dijo el chico, acto seguido se terminaba el zumo—. Ahora hay muchas cosas que me importan, mis padres, los dragones, tú…
—Y a mí también me pasa, pero como te decía antes, si nos preocupamos en vida, estamos muertos —reflexionó Aleàn—. No conviene deprimirse y olvidarse de vivir, vive cada segundo como si fuera el último.
—Lo tendré en cuenta —dijo el muchacho.
—¡Ay! No te preocupes, yo estaré bien —presumió la chica, mientras hacía amagos para levantarse—. ¿Conoces alguna mujer que sea capaz de matar a varios Mingruks a la vez? —preguntó mientras guiñaba el ojo izquierdo y rebañaba el vaso donde no quedaba apenas batido.
La ciudad se volvía más oscura a cada momento que pasaba, las farolas empezaban a alumbrar la plaza, algo que le daba una belleza increíble. Aleàn se levantó del asiento y después lo hizo Hörmis, el chico se dirigió hacia el local que había justo enfrente de la mesa.
—Perdone, ¿cuánto le debo?
—Un zumo de pitahaya, y un Cocoberry. Son siete Gurks con cincuenta céntimos —dijo una de las camareras, rubia con el pelo recogido por una gorra con el logotipo de la cafetería grabado y una camisa a juego, también bordada.
Hörmis sacó de su cartera un billete de diez.
—Muy bien, te debo dos Gurks y medio —añadió al recibir en su mano aquel billete de color verde con un ligero relieve que la mujer pudo apreciar al tocarlo con la yema de sus dedos.
—Muchas gracias —dijo el chico, mientras recibía dos monedas; una de dos y otra de cincuenta. Después, Hörmis salía fuera del establecimiento, agarró a la joven Aleàn por el brazo y comenzaron a caminar de regreso a casa.
Ya todas las tiendas estaban a punto de cerrar, la gente tenía miedo a la noche debido a los últimos acontecimientos, secuestros, atentados, ¿Qué era lo último que les quedaba por sufrir? Por eso muchos comercios cerraban algo antes. Volver a casa y encontrarse con la familia era algo muy gratificante para los comerciantes después de un día duro y largo.
El paseo fue tranquilo. En ese momento no dijeron nada, solo contemplaban el cielo y como se escondía el último rayo de sol.
Ya en casa, Hörmis y Aleàn cenaron un poco de pescado a la plancha, acompañado de eneldo y de lechuga. Después de cenar y fregar los platos, Hörmis se fue a ver un poco la tele, justamente a su lado se sentó la chica a seguir leyendo el Sacro Escribo. Ambos permanecieron unas dos horas allí hasta que después se fueron a la cama. Ambos se dieron un beso y cada uno se fue a su correspondiente habitación.

Información

Título: El legado demoniaco
ISBN (Papel): 9788461581351
ISBN (eBook): 9788461582204
Páginas: 300
Precio Papel: 17 €
Precio eBook: 2,99 €

Muestra

 
Sinopsis

Donde Comprar

Papel

Casa del Libro

Libro Digital

Apple iBookStoreAmazon KindleGoogle PlayBooksKobo Books24symbolstodoebookEl Corte Inglés